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Vivencias de un joven

en la vieja Managua



1972 - 23 de diciembre, 2017
45 Aniversario del Terremoto



DEDICATORIA

Primeramente, a Dios, que me concede salud y vida para hacer realidad este libro de mis vivencias en la vieja Managua, la ciudad capital que aún vive en nosotros, y por darme un cerebro sano para poder plasmarlos tal y como los viví.

A Mis hijas Ana Sofía y María Alejandra y a mi esposa Mercedes Mendoza, las cuales me impulsaron a escribirlo.

A mis padres y hermano: Alfonso Caldera Escobar e Inés del Carmen Fuentes Mena y Alfonso Caldera Fuentes con los cuales compartí y viví muchas experiencias de mi niñez y juventud y que siguen viviendo en mi corazón.

A mis amigos y todas aquellas personas conocidas, que, por una pequeña anécdota o referencia, me dieron paso al desarrollo de un tema.

A todas las víctimas del terremoto del 23 de diciembre de 1972 y a sus familiares, que sufrieron la pérdida de sus seres queridos.

A los jóvenes de hoy que talvez les interese saber, como era la vida de un joven en esos años dorados.

A todos ustedes amigos por seguir recordando con mucho amor y cariño, a nuestra querida ciudad de Managua, la novia del Xolotlán.

Jaime Caldera Fuentes / autor



MANAGUA

Insigne y pletórica de contradicciones, así es mi capital Managua, querida y odiada por su inclemente clima que nos agobia, turba y enturbia nuestras vidas a diario, con su caluroso rigor.

Permanentemente castigada por la naturaleza, se levanta siempre dispuesta a los nuevos retos, cantada e inmortalizada junto a su lago Xolotlán, revive cada mañana nuestra fe, voluntad y esperanza.

Queramos amorosamente a la tierra que nos vio nacer, las que nos adoptó como sus hijos,

la que nos acoge en su seno y nos dice: luchemos todos juntos por un futuro mejor.



Octubre 13 del 2014.
Jaime Caldera Fuentes



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

Apreciados amigos: Me permito exponerles que estas remembranzas detalladas en este libro, son reales y las mismas fueron vividas y experimentadas por este servidor de ustedes y que disfruto los mejores años de su vida en la vieja Managua, la capital de Nicaragua. Para ese tiempo ya se había convertido en una joven y atractiva señora, pero la fuerza destructora de la naturaleza conocida como terremoto, la destruyo casi en su totalidad de la noche a la mañana. Nos acostamos la noche del 22 de diciembre de 1972, ilusionados con poder disfrutar en familia una Nochebuena sana y alegre, pero en los primeros minutos de la madrugada del día 23, desgraciadamente el destino nos tenía deparada otra suerte.

Pido perdón a ustedes, si mi memoria no es 100% precisa, en relación con todo los que mis ojos infantiles y juveniles, pudieron conocer y disfrutar de esa Managua tan maravillosa en la cual me tocó vivir, al igual que a muchos de los lectores este libro.

Tuve todo lo necesario para ser feliz y hoy honradamente quiero compartirles estos recuerdos de vida inéditos y muy personales.

Managua la camine sin descanso tantas veces por sus barrios y avenidas, que, al día de hoy, aun siento en la planta de mis pies, el sabor caliente de sus estrechas pero vivificantes calles. Fueron aproximadamente doce años de mi existencia infantil y juvenil, plenos de luz, alegría, color y riqueza familiar y urbana. Había mucho compartimiento y respeto con los vecinos no importando la condición social, los amigos en esos años, si eran amigos de verdad.

Refirió un sociólogo nicaragüense, que nosotros como ciudadanos y personas, a partir de dicha catástrofe, los managuas principalmente jamás volvimos a ser hermanables ni humildes en nuestro proceder; el terremoto torno nuestras almas y corazones hacia las ansias de ambición, egoísmo, hipocresía y deshumanización. Antes no sabíamos ni conocíamos de mercado negro, pillaje, vandalismo, agiotismo, más sin embargo eso se heredó a las nuevas generaciones pos terremoto.

Tratemos de recuperar valores morales, que son mucho más valiosos que los materiales.

¡Que viva Managua!





PREÁMBULO

Una pregunta que me hacía, es que como Managua, se había logrado recuperar de la catástrofe del terremoto del 31 de marzo del año 1931. La catedral aún no se había terminado su construcción, estaba desarrollada hasta en su estructura metálica, el Palacio Nacional hoy Palacio de Cultura, sufrió modificaciones, la ciudad en si fue severamente castigada en sus construcciones destruidas por el sismo, sus calles en su mayor parte no eran pavimentadas, debido al poco parque de vehículos. Pero con mucho tesón, sacrificio y voluntad de lucha de la población, para finales de la década del 50, nuestra ciudad capital ya tenía una geografía totalmente renovada. En un promedio de unos 28 años, Managua tenía una nueva cara que mostrar al mundo, surgieron infinidad de casas señoriales, edificios de negocios y habitacionales por los cuatro puntos cardinales de la ciudad, sus calles y avenidas fueron delineadas y pavimentadas con un carácter moderno en función de hacer de la capital de Nicaragua, una urbe que respondiera al boom económico que se había desarrollado en la nación y encabezado básicamente por las excelentes cosechas agrícolas de granos básicos. Nuestra patria fue considerada para esos años como el granero de Centroamérica, , el cultivo del algodón cosechado principalmente en los departamentos de León, Chinandega y Managua, involucraba un excelente rubro de exportación debido a su alta demanda mundial, el café que a pesar de su enfermedades, entre ellas la roya, su cultivo venia progresando en su calidad con sus diferentes variedades, el oro con producción relevante con minas en diferentes puntos del país, la ganadería con razas de ganado importado de Estados Unidos y Europa, mejoraban sustancialmente el rubro de exportación de carne a los mercados mundiales, la caña de azúcar con diferentes ingenios azucareros produciendo a más no poder, generaron que todos estos elementos se conjugaran para que Nicaragua en los campos de la agricultura y la ganadería, ocupara un lugar preponderante en el campo de las exportaciones a nivel centroamericano.

Trabajadores de los países vecinos, venían a nuestra patria a trabajar en las labores de levantamiento de las diferentes cosechas agrícolas. Si analizamos bien y de manera práctica, nuestra patria emergió en la década de los años 60 con un buen nivel de desarrollo económico y cuyos resultados se podían observar principalmente en lo atractiva que se había tornado nuestra ciudad capital. La construcción tuvo mucho auge con el levantamiento de modernos edificios de varios pisos, industrias de diferente tipo florecieron por doquier. Vehículos de diferentes marcas norteamericanas, europeas y japoneses se observaban por toda la ciudad, obligando a la apertura y construcción de nuevas calles y avenidas, de esa forma Managua fue creciendo y expandiéndose por los cuatro puntos de la ciudad. Igualmente se desarrollaron importantes carreteras que la comunicaban con las cabeceras de los otros departamentos del país. Por supuesto que todo esto, hizo que el comercio nacional floreciera en buena medida, ocasionando, que, si bien éramos un país pobre, la miseria calamitosa provocada por la tragedia del terremoto del año 1931, prácticamente ya la habíamos olvidado por así decirlo, dando paso a un nuevo rumbo de vida progresista para nuestra patria. Algo similar, valga la comparación, está ocurriendo en este año de 2017, con el resurgir económico de Nicaragua y de Managua, pero en un promedio de unos 40 años después del destructor terremoto del 23 de diciembre del año 1972.

Al día de hoy el sector turismo, el cultivo del café, que con mejores y actualizadas tecnologías ha desarrollado variedades de calidad de grano nacional, reconocidas y premiadas a nivel internacional, el oro con una producción sostenida, la exportación de carne de res y de ganado en pie, más otros rubros has generado la fortaleza actual de la economía nacional.

Managua, se ha convertido en una ciudad turística, debido al desarrollo de diferentes proyectos, recuperando toda la costa urbana del centro de la ciudad y la construcción de nuevas e importantes vías de comunicación municipal.

Para el año del terremoto, ya la ciudad tenía un tamaño que la hacía ser ni inmensa, pero tampoco pequeña, las distancias entre los diferentes puntos no eran tan lejanas, había un modesto sistema de buses urbanos que de una u otra manera cubrían las necesidades de la población, también se contaba con un buen número de taxis capitalinos a precios módicos la carrera que permitían comunicarnos de manera eficiente y dinámica. Las familias capitalinas, no propiamente las ricas, compraban sus vehículos en base al ahorro que se permitía realizar en esos años, los carros eran de uso familiar y por sobre todas las cosas eran bien cuidados por sus dueños en sus carrocerías, tapizado y mantenimiento. De esa forma les era de suma utilidad para cada miembro de la familia porque les servía: para ir al trabajo, llevar a los hijos al colegio, ir de compras, ir a fiestas y por supuesto ir a pasear dentro y fuera de la ciudad. La calidad de los vehículos era excelente en su carrocería de estructura metálica, sus tapizados eran de material garantizado en durabilidad al igual que sus llantas. Cualquier vehículo no tenía que ser caro para saber que su calidad era buena, prácticamente todos los automotores de cualquier nacionalidad, tenían garantizado su funcionabilidad por décadas, no así los autos de hoy en día.

La variedad de modelos y diseños era amplísima, garantizando a la clientela nacional año a año, mejoría integral en la técnica automotriz y el disfrute de sus dueños al manejar un vehículo de calidad indiscutible, por las calles y carreteras del país, con vías totalmente pavimentadas que permitían garantizar mayor durabilidad a los mismos. Algo similar apreciamos hoy en día por toda Nicaragua.

BARRIO SAN SEBASTIÁN:

Estimados amigos lectores, tuve la dicha de nacer en la ciudad de Managua, Nicaragua, nuestra querida capital, conocida popularmente como la novia del Xolotlán, por estar establecida a orillas del lago de ese nombre, dicho nacimiento se dio un 22 de Junio del año 1955, en el hospital General del Seguro Social.

Mis padres fueron; don Alfonso Caldera Escobar, natural de la ciudad de Masaya, localizada a solo 28 kilómetros de Managua. Mi papa fue un funcionario del Ministerio de Agricultura y Ganadería, con el cargo de Jefe del Departamento Forestal, cuya oficina se ubicaba en el tercer piso del edificio Benard, el cual tenía dos entradas, una de ellas frente al portón sur del Palacio Nacional y la otra sobre la avenida del Centenario. Mi mama era Inés del Carmen Fuentes Mena, oriunda del humilde y laborioso pueblo de Nandasmo, municipio del departamento de Masaya. Mujer campesina de tez blanca, alta y de finas facciones y mi papa fue un atractivo varón de piel morena clara. Mis abuelos paternos fueron los señores Francisco Caldera y Concepción Escobar, ambos de la ciudad de Masaya, por parte de mi mama mis abuelos fueron Serapio Fuentes Centeno y Rafaela Mena Valerio, originarios de Nandasmo, Masaya.

Nuestra casa en esos años estaba ubicada en el céntrico barrio San Sebastián, a una cuadra de la calle El Triunfo, ahí mismo se localizaba la pulpería San Jerónimo. Era una vivienda esquinera, alta y construcción de adobe en su totalidad. Comprendía su frente esquinero con ensanche hacia el norte (lago) y al este (arriba), su área construida era de unos 160 metros cuadrados, distribuidos en dos salas, comedor, cocina y cinco habitaciones, más dos patios pequeños internos con un baño y servicio higiénico en cada uno de ellos. El vivir en el corazón de Managua, nos permitía tener a la mano las importantes direcciones de nuestra capital de antes del terremoto como fueron: A una cuadra al sur teníamos el Monte de Piedad, la Escuela Nacional de Comercio y el diario La Prensa, una cuadra al este la casa del Águila, medía cuadra más el hotel Lido Palace, el parque Frixione y el Palacio del Ayuntamiento. Frente a este edificio teníamos las oficinas del Ferrocarril del Pacifico de Nicaragua y el parque Darío.

A tres cuadras al oeste se ubicaba el colegio Calasanz y la Iglesia San Sebastián, El Palacio de Comunicaciones nos quedaba a tres cuadras al sur, igualmente las oficinas de la empresa de Luz y Fuerza. A tres y cuatro cuadras nos separaban del Parque Central, Club Social Managua, Santa Iglesia Catedral y Palacio Nacional. Asimismo, la Avenida Roosevelt, Avenida Bolívar y Calle Candelaria. Como podrán comprender amigos lectores, para mí me resultaba fácil y sano ir a hacer mandados o a vagar, solo o acompañado por los diferentes rumbos de Managua en vista de la cercanía de tiendas, oficinas, negocios y diversiones.

Mi familia estaba conformada por mis padres más cinco hermanos en el siguiente orden: Concepción del Socorro, Melba Ileana, Piedad Auxiliadora, Alfonso y “la cumiche” Indiana del Carmen. Yo fui el quinto después de mi único hermano varón Alfonso. Al tener cercanos los parques más importantes y gran número de vecinos y amigos con quien jugar, puedo manifestarles sinceramente que viví una niñez y juventud feliz, sana y muy alegre. La pulpería San Jerónimo funcionaba en el área esquinera de la casa, en un espacio de unos 50 metros cuadrados, teníamos mantenedora, vitrinas, estantes altos de madera para colocar los productos que se vendían en esos años. Yo apoyaba a la pulpería haciendo mandados para comprar mercadería menor en todo el sector comercial de la capital que incluía los mercados Central y San Miguel. Por esta razón a mi corta edad me acostumbre a recorrer cienes de veces a pie o bien disfrutando de mi patín con ruedas de hule, las calles, avenidas y mercados de nuestra querida capital y otras veces acompañaba a mi mamá y hermanas a jornadas estudiantiles, reuniones, fiestas, cines y otras actividades que nos permitían sentir y vivir un amor puro por esta ciudad destruida en una madrugada por la fuerza violenta de un terremoto. La Managua vieja, aún vive en mí y entiendo que también en muchos de ustedes como que, si fue ayer, hoy hace ya 45 años. Igualmente acompañé a mi papá infinidad de veces a las tiendas y mercados en horas de la tarde, de lunes a viernes ya que él me lo pedía, disfrutando así de su compañía y el sintiéndose orgulloso al presentarme a sus amigos que se encontraba en esas calles por donde transitábamos. Algunas veces nos íbamos a tomar algún refresco natural en los mercados o me invitaba a un sorbete; otras veces el aprovechaba y se tomaba sus cervezas o tragos en algún bar o cantina. Su jornada de trabajo en el MAG, era de lunes a viernes en horario de las 7 de la mañana a la una de la tarde, almorzaba en la casa, luego reposaba y a las tres y media o cuatro de la tarde, nos íbamos a caminar al centro de la ciudad y a los mercados. Fueron años de felicidad infantil, a él lo perdí cuando yo tenía 15 años de edad y ya vivíamos en el barrio Monseñor Lezcano. Por razones de trabajo, estudios y amistades, siempre mantuvimos los miembros de mi familia la relación constante con Managua al contar con una camioneta Opel, pequeña que mi papa había comprado, ya que nuestro nuevo hogar se consideraba distante del centro. Nuestro desglose lo resumo así: Mi papa por su trabajo y las costumbres de las compras, mi mama por su costurera y compras de telas y ropa, mis hermanas por sus estudios, amistades compras y fiestas a las que asistían. Mi hermano Alfonso y yo, por su trabajo, estudio, amistades y vagancia juvenil.

Un análisis que hago de mis años de niñez y juventud, relacionado con recordar, hasta donde mi memoria me ayuda, rememorando nombres y apellidos de vecinos y amigos del barrio San Sebastián principalmente, puedo concretar que fui un chavalo, aceptado en muchas casas, talvez porque mi conducta en esos años, si bien no sería la mejor, si sobresalía por mi espíritu alegre, por mi entrega hacía con mis vecinos, por ser un entusiasta deportista, por estudiar en el colegio Calasanz, pero por sobre todas las cosas por la amistad y cariño que me brindaron el sinnúmero de amigos, compañeros de estudios y vecinos con los cuales me desarrolle e interactué en esos años.

Resulta agradable recordar a los amigos de nuestra niñez y juventud, compañeros con los cuales compartimos, juegos estudios, vecindad, pleitos, amistad sana y de la mucha alegría que provocamos en nuestros corazones en el disfrute en esos años dorados que los vivimos y gozamos a más no poder. Dice un filósofo que quien tuvo una niñez feliz, tendrá una muerte tranquila y serena. Algunos de nuestros amigos se nos fueron pronto, con otros nos distanciamos por factores de cambio de residencia, adversidades de la vida, errores cometidos y otras circunstancias. Con algunos nuestra amistad perdura a pesar del tiempo y fallas suscitadas en el transcurso de los anos, humildemente pido perdón si fui el causante de ellas, con otros el terremoto se encargó de alejarnos de ellos, pero su presencia y gratos recuerdos aún viven y permanecen en nuestro corazón. Desgraciadamente de muchos no recuerdo sus nombres o apellidos, pido también disculpas por ello, pero repito siempre gozan de nuestra mejor consideración y aprecio.

En nombre de mi hermano Alfonso quien falleció hace 11 años en Vancouver, Canadá y el mío propio paso a recordar a: Rudi Vivas, Nevardo Arguello, Jorge Solís Faria, Carlos y Gustavo Martinez, Rene Quintana, Fernando Gerchtz Molina, Danilo y Vicente Colindres, Delaskar, Danilo, Guillermo Gutiérrez Simpson, Rodolfo y Fito Murillo, Reynaldo y Luis Baltodano Chacón, Miguel Macias, Augusto Chacón, Juan Carlos Martínez Urbina, Donald, Oscar y Ramón Argüello Vilchez, Salvador, Cesar, Benjamín y Rubén Cabrales, Danilo Ortega, Marcelo Baca Díaz, Miguel y Fernando Guzmán Bolaños, Horacio Cuadra Shultz, Cesar Miranda, Benjamín Escorcia, Salvador Torres, Raúl y Segundo Campos Rocha, Luis Argüello Sánchez, Walter Gutiérrez Cuarezma, Roger Rivas Porras, Rodolfo Etienne Morales, Lombardo Gabuardi Ibarra, Francisco Ríos, Julio Ramos Arguello, Javier y Jaime Brenes, Javier Hernández Rueda y otros.



NUESTROS VECINOS:

Contiguo a la casa rumbo norte vivió unos años el maestro del piano Transito Gutiérrez, hombre bohemio con un excelente repertorio musical interpretado por sus prodigiosas manos, en muchas ocasiones hizo dúo con el colombiano-nicaragüense Cesar Andrade, poco más al lago tenía su estudio el pintor y escultor Omar de León Lacayo, hombre elegante de finos y educados modales, con una excelsa clientela por sus obras pictóricas y escultóricas de toda Managua y algunos departamentos. La ex primera dama de la nación Hope Portocarrero de Somoza, se encontraba entre sus clientes más asiduos. Más adelante vivían las señoras Larios, elaboraban los famosos nacatamales del mismo apellido con un sabor y calidad únicos, los fines de semana tenían una clientela enorme. El Licenciado Alfredo Artiles (CPA), arquero en un tiempo de nuestra selección nacional de futbol, era casado con una hija de la señora Larios. Continuaba un taller de mecánica automotriz, ahí trabaja un hombre joven que fumaba marihuana y le decían “manicomio”. Contiguo hacia el norte teníamos la casa de la familia del Dr. Alfredo Arguello Madriz y su esposa Soledad, este señor era abogado de profesión y agricultor, dueño en esos años de la hoy arenera nacional y de un microbús y carro negro Wolkswagen. Sus hijas eran: Soledad, Ivonne, Lillian, Ada Franci y su único hijo varón Nevardo. Después vivían la familia de don Rodolfo Roque y su esposa, sus hijos eran Rodolfo, Fito y Dulce María, este señor creo era algodonero, en varios años que le fue bien en su cosecha, compraba los carros del ano, sus hijos me invitaban a dar una vuelta al estrenarlos, recuerdo bien que eran marca BMW blanco, Mazda deportivo rojo, con aire acondicionado y aun con los plásticos en sus asientos. Su esposa no recuerdo el nombre elaboraba por encargo excelentes queques y pasteles para los gustos más exigentes. Continuaba la familia Peñalba, los Gutiérrez Simpson, que eran cinco hermanos varones y una hija mujer llamada Ligia, tenían un carro Impala de cuatro puertas, creo de color rojo y finalizaba la cuadra la familia Otero y un predio vacío y después taller.

En nuestra acera de enfrente al oeste, vivían las viejitas Orozco, tenían una pequeña pulpería en una casa de adobe talvez más vieja que la donde vivíamos nosotros, bajando la cuadra la familia Vanegas, familia Olivas, el abogado Armando Ruiz, ahí vivía su sobrino Cesar Miranda, tenían un carro Chevrolet color crema o amarillo canario, de cuatro puertas, continuaba la familia de don Genaro Dávila (los cabros), papa de los excelentes futbolistas del equipo Triunfo y de la selección nacional Salvador “Chava” Dávila y su hermano Tono el “Chino”. Don Genaro, su esposa Soledad y sus hijos que eran como diez, vivían humildemente en un hermoso solar de unas 800 varas cuadradas, ellos criaban unos 40 cabros y cabras grandes y pequeñas, las cuales alimentaban llevándolas a comer la hierba que crecía y casi siempre abundaba en los alrededores de la costa del lago Xolotlán, de esa manera los animales engordaban lo suficiente para producir la excelente, nutritiva y alimenticia leche de cabra, esta era buscada por mucha gente conocedoras de sus beneficios y la llegaban a comprar a la casa de don Genaro. Era curioso ver el desfile de cabros, al ir a buscar su alimento pastoreados por su dueño o sus hijos pequeños. Estos animales de ida o regreso, iban dejando en las calles un reguero de pelotitas negras y brillantes defecadas, que desaparecían al ser aplastadas por las llantas de los vehículos que circulaban por el sector.

En la esquina norte, en una casa grande estilo castillo europeo, y con unos árboles de pino enormes, vivía una familia inglesa de apellido Thompson. El señor era un caballero de tez blanca pelo casi albino y que siempre vestía de traje oscuro al estilo inglés, con corbatín y con un bastón de fina madera con puño metálico. Esta familia nos aguantó, con su paciencia europea, varios vidrios quebrados de sus ventanas ocasionados al jugar frente a su casa con pelotas de hule o tenis el famoso handball. Frente a ellos vivía la familia Ibarra, cuya; hija Amparito, estudiaba en Francia y un poco al norte en una casa grande de dos plantas la familia Castrillo. Colindante al sur de la familia Thompson teníamos a la familia Prego de ascendencia granadina, dona Guillermina Valle, su hijo Ramón que era guitarrista y su primo Remigio y en la esquina suroeste la familia Roa. Hacia el norte teníamos la empresa de transporte Córdoba, la hija del dueño estudiaba en el colegio La Inmaculada, en la misma cuadra vivió por varios anos el dirigente deportivo Carlos García Solorzano.

Frente a los Roa vivía una señora llamada Conchita Amador, en una casa esquinera con muchos artículos de lujos y se decía que era niña vieja. Más hacia el oeste buscando la tabacalera vivían las familias Solís Faria, de Jorge, Guillermo y Donald, los Quintana, los Colindres Laguna de Danilo, Tono, Vicente, Myriam, Gioconda y Martha, todos hijos de don Vicente Colindres y dona Dominga Laguna. Un poco más teníamos a los Gutiérrez Cuarezma, los Chacón, la familia Navarro, este señor que no recuerdo el nombre, nos regalaba a los chavalos, bates americanos de madera blanca que traía de los Estados Unidos, con la firma impresa de ciertos jugadores de las Grandes Ligas y hacia el sur teníamos la familia de don Guillermo Bermúdez, quien perdió a su hijo del mismo nombre siendo aún jovencito de secundaria, familia Astacio de origen chinandegano, dona Payita González, insigne maestra la cual tenía una escuela para párvulos, ella se encargó de ensenarme a leer y escribir y las primeras operaciones aritméticas y casi llegando donde vivía un coronel de apellido García, alto y chele, en una casa de dos plantas.

Managua, nuestra siempre amada y recordada capital, era para el ano de 1972, una ciudad sencilla, bonita, atractiva y bastante limpia en sus calles, las cuales eran angostas en su radio central y con varias avenidas más o menos anchas. Las construcciones de casas y edificios, por sus características de diseños, permitían proteger bastante a la población del inclemente sol que siempre hemos tenido, ya que sus edificaciones comprendían aleros y salientes en sus arquitecturas; esto embellecía y enriquecía la variedad de construcciones en todos los ámbitos de la ciudad. Por lo anteriormente expresado, a los managuas nos encantaba caminar por nuestras calles, debido a que las distancias no eran tan lejanas, a la seguridad existente y sencillamente porque disfrutábamos el hacerlo. Ricos y pobres salíamos a visitar a familiares y amigos, hacer compras y otras diligencias caminando, nos gustaba encontrarnos con conocidos nuestros, saludar a la gente o simplemente caminar ya que sentíamos que Managua, la novia del Xolotlán era nuestra y nos sentíamos orgullosos de ella.


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