Excerpt for LOS CREPÚSCULOS DEL ALMA by , available in its entirety at Smashwords































































ISBN: 978-1-291-89107-8


LPI: Registro Central de la Propiedad Intelectual

Nº registro AB-3-2014

Nº de asiento registral 00/2014/692 Madrid








































LOS

CREPÚSCULOS

DEL

ALMA












Obra poética original de


Jerónimo García Pérez (JEGARPE)






INTRODUCCIÓN


En 1983 escribí un libro de poemas con el título de LOS CREPÚSCULOS DEL ALMA. Tenía entonces 48 años. Mi vida transcurría tranquila y pacífica, acomodada ya a la ciudad y habituada a mi profesión y a mis esporádicos viajes de los veranos y de los fines de semana para dotarla de esa esquiva vitalidad que parecía faltarle. El libro que tenéis entre las manos es la expresión escrita de esos momentos en los que el alma se duele de la soledad, esa soledad despiadada y artera que no ha dejado de acompañarme nunca. Está expuesto en forma de diario, forma que he empleado con frecuencia en mis escritos.


Puede decirse que, aunque no están citadas expresamente en el libro, existen dos partes bien diferenciadas en él. La primera, compuesta por 19(*) poemas extensos que ocupan la mayor parte del mismo, en los que se advierte un intimismo propio, unos rasgos emocionales que no quise evitar y que hablan del estado anímico en el que me hallaba. Otra segunda parte la constituye una serie de poemas más breves a los que yo llamo composiciones o versos viajeros, elaborados en los múltiples viajes que he realizado por España.


He querido introducir en esta ocasión imágenes y fotografías que forman parte del manuscrito original que conservo de LOS CREPÚSCULOS DEL ALMA, fotos que yo mismo obtuve, en su mayoría, por la época en que compuse el mencionado libro.


ALBACETE, 31 DE Diciembre de 2013



(*)He seleccionado para el presente libro solamente 12 de estos poemas extensos.




PRÓLOGO 1983


Cuando el alma ha viajado tanto y tanto, buscando el sentido de su peregrinación, sin encontrarlo, cuando el alma se ha acostumbrado a su soledad con el paso de los años, busca nuevos asideros de fe hurgando en la entraña de los sentimientos que ya se han quedado lejos.


Ese mirar atrás, ese volver a recrearse en los momentos vividos, ese renacer indoloro en el recuerdo, ese evocar que no se acaba nunca, son los caminos que entretejen nuestras propias vidas y que nos gusta recorrer porque son lo único verdaderamente nuestro que tenemos, la única huella de nuestro paso intrascendente por el mundo.


Es necesario hacer un alto en el camino aunque la sociedad materialista en la que estamos inmersos nos lo haga difícil. Y soñar. En una ocasión escribí: "Nos falta el romanticismo de los grandes soñadores, la fe de los denostados idealistas, la arenga sencilla y buena de los poetas, de los creadores." Sí. Pienso que es necesario soñar. Soñar no nos hará más prácticos, pero sí mejores.


LOS CREPÚSCULOS DEL ALMA es un libro de poemas que he ido escribiendo poco a poco, en esos ratos vacíos que existen en nuestro quehacer cotidiano y, al escribirlos, he tratado de encontrar, en el pasado, ese sentido esquivo de mi peregrinaje por el mundo.


Siguiendo la costumbre de anteriores libros, he añadido al final, a modo de crónicas viajeras, algunos poemas que son el testimonio vivencial de una serie de viajes por mí realizados.

EL AUTOR




SI NO HUBIERA UNA ESPERANZA.


¿De qué arcilla,

de qué barro

deleznable,

de qué polvo estoy formado

que hoy se rompe en mil fragmentos

en mis manos

y mañana

nace firme, renovado,

resurgiendo como intáctil ave fénix

en su blando

sedimento de cenizas?


¿Qué remota luz, qué extraño

resplandor intuye mi alma

tras el lloro desgarrado

de un suspiro, tras la angustia

de una lágrima impensada, tras el daño

de un adiós inevitable,

de un camino renunciado?


¿Qué razón, qué fe, que Dios me guiaría

si no hubiera un renacer en cada paso,

si no hubiera una esperanza en cada muerte,

si no hubiera un resurgir en cada ocaso?


¿Qué ilusión me quedaría

si no hubiera tras la noche el día ansiado,

si no hubiera una triunfante primavera

tras el velo de un invierno descarnado,

si no hubiera un sol grandioso

glorificando los campos,

tras las sombras tenebrosas que se aferran

al corazón solitario,

dejándolo sin caminos,

desnudo y desheredado,

como un niño a quien le niegan

caricias, mimos y halagos?


¿Qué ilusión me quedaría

si no hubiera una esperanza a cada paso?



NUNCA QUISIERA DETENERME.


Nunca, nunca quisiera detenerme

para mirar atrás.

Siempre seguir andando, sin renuncias

que me hagan vacilar.

Tener una ilusión para el camino

que aún resta por andar,

sentir un sueño en las vacías manos

haciéndose cantar

y un verso que me vaya redimiendo

de tanta soledad.


Nunca, nunca quisiera detenerme

para mirar atrás.

Pasar sobre las cosas, sin tocarlas,

sin que la voluntad

arraigue en el camino y ya no sepa

cómo continuar,

sin que el versátil corazón afinque

o anhele regresar.


Nunca, nunca quisiera detenerme

para mirar atrás

y verme convertido en una estatua,

como un Lot actual...

Sólo seguir andando, siempre andando...

Sólo pasar, pasar...


¡AY, EL CORAZÓN!


¡Ay los sentimientos

que no se deciden a decir adiós!

¡Ay, el alma sola,

sin una esperanza, sin una ilusión,

que no se acostumbra con su soledad!

¡Y, ay, el corazón,

que no se resigna con su vaciedad,

que no tiene amor!


Sin senderos ando.

No sé de mi origen.



No sé de mi Dios.

No sé de mi meta.

Busco en mi camino sin luces la luz,

esa luz lejana, siempre presentida,

faro y guía de mi peregrinación.

Y ando, y ando, y ando,

por costumbre, ausente, pero con tesón,

con los sentimientos, con el alma sola,

con las vaciedades de mi corazón.


¿HABRÁ UNA PUERTA ABIERTA?


¿Habrá una puerta abierta?

¿Se acabará el camino

o empezará el camino? ¿Será el final absurdo?

¿Será el total principio?

¿Renaceré de nuevo?

¿Me iré sin mí o conmigo?...


Si no alentara siempre dentro de mí esta duda

que me hace ser un ente que pasa, un peregrino

sin nombre, un desterrado juglar que va cantando

las muertes que ha vivido

con versos que pretenden

ser puros e infinitos,

que aspiran, jactanciosos, poder sobrevivirme

¿qué terrenal resorte, qué célico designio,

podrían redimirme

de todo el pesimismo,

de todas las angustias

que van lastrando el alma y cegando los sentidos?

¿Habrá una puerta abierta?

¿Me iré sin mí o conmigo?

¿Me dejaré en la tierra

las muertes que he vivido?

¿No habrá un lugar sin nombre de salvación remota

para el amorfo espíritu?

¿Me ha de doler adentro la idea de dejarme,

como un objeto inútil, aquello que creí mío?

¿Me han de enterrar, acaso,

con la ancha incertidumbre de haber sido o no sido?

¿Han de cubrir con tierra

tan sólo mi vacío?..


Me llena de pavura

mi trágico y efímero

vagar por este mundo, pero me queda adentro

la duda de sentirme, yo solo, yo individuo...

de ser yo únicamente. ¡Señor, no me la quites!

¡Déjame ser yo mismo,

yo mismo, con mis versos llenos de incertidumbre,

yo mismo, hecho lamento, yo mismo, hecho latido!

¡Que pueda preguntarme, Señor, cada mañana,

cuando despunte el día, sin fe, dubitativo:

¿Habrá una puerta abierta?

¿Se acabará el camino?


TE AMÉ HACE TANTO TIEMPO...


Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo.


Flotaban en el aire

la voz de los insectos

y el trino de las aves.


Bañábanse las mieses

del sol dorado y flojo

de los atardeceres.


Olía a tierra nueva

y a flor temprana el campo.

Era la primavera.


Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo.


Solía reclinarme

de espaldas, junto al olmo,

caída ya la tarde.


Y tú llegabas, luego,

con una rosa roja

sobre tu pelo negro,




con tu mejor vestido,

llenándome de un suave

perfume los sentidos.


Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo.


La acequia transcurría

junto a nosotros, lenta,

mimosa, cantarina...


Yo te miraba, absorto,

perdido en el hechizo

meloso de tus ojos.


También tú me mirabas.

Guardábamos silencio.

Sobraban las palabras.


Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo.


Por eso, hoy, cuando pasas

-marchitos ya los ojos,

arrugas en la cara-


sonriendo, por mi lado,

me llena de congojas

haberte amado tanto


y se me ponen tristes

el corazón y el alma...

Y sólo sé decirte:


Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo.








BÚSQUEDA.


Caminante,

tantos años sin camino,

soñador que ya no sueña,

peregrino,

buscador infatigable de su origen

sepultado en la tiniebla de los siglos,

ave apátrida y andante caballero

siempre en pos de ese grial desconocido,

siempre en pos de sus raíces

dispersadas en el cosmos infinito...


Así voy por este mundo,

tan vacío,

tan desnudo

de mí mismo,

dolorosamente solo

y esencialmente indiviso,

con la angustia de ir pasando

sin poder llevar conmigo

sólo un poco de las cosas

que he tenido y no he tenido,

con la pena de marcharme para siempre

sin dejarme un algo mío.


Así voy por este mundo:

Ciego y torpe, caminando sin sentido,

sin un dios que me gobierne,

sin un rayo de áurea luz, leve, decíduo,

que ilumine mi camino,

sin un copo de esperanza,

como un pájaro sin nido,

como un náufrago que lucha

contra un mar enfurecido...


Caminante,

peregrino,

tantos años

sin camino,

soñador que ya no sueña,



sólo un átomo del éter infinito,

sólo un hombre extraviado,

sin anhelos y sin ansias, en el frío

secular del universo,

sólo un hombre consumido

por el miedo y la impotencia.


Así voy por este mundo: sin atisbos

de esperanza,

tan desnudo de ilusiones, tan vacío...


EL MAR DEL TIEMPO.


Como una navecilla frágil, tímida,

desarbolada, anónima,

navego por el mar difícil y único

por el que vamos navegando, apátridas,

los hombres, por el gélido

y oscuro mar del Tiempo, revolviéndome,

pugnando solo contra la vorágine,

ciego, sin fuerzas, fláccido.


Oigo, sutil, el cántico,

meloso y esotérico,

de mil sirenas, lejos, invitándome.

Y oriento hacia la célica

llamada la alta proa de mi tránsfuga

y endeble nave, undívaga,

con una fe telúrica

recién nacida que seduce al ánima.

Pero porfío en vano. Son inútiles

y yermos mis esfuerzos. Va llevándome,

sin que yo pueda contenerlo, el ímpetu

de la corriente adáctila

del Tiempo unidireccional y unívoco.


Cronos voraz, insatisfecho y pérfido,

que no cede en sus ansias, va tragándose

las ilusiones que me nacen, ápteras,

las esperanzas fúgidas

que va creando el alma melancólica



cada mañana, para hacerse lágrima,

dolor y sentimiento, en la calígine

confusa del crepúsculo,

dejándome otra vez desnuda, inválida,

mi navecilla errática,

sin rumbo, al sesgo de la mar inhóspita,

luchando brava, pertinaz, romántica,

contra las olas, en su trágica

y asendereada hégira,

buscando el faro salvador, lucífero,

que la conduzca al puerto lejanísimo,

perdido entre las brumas, hipotético,

refugio de los sueños del espíritu.


Como una navecilla frágil, tímida,

navego y lucho contra la vorágine

del Tiempo en el mar único

por el que vamos navegando, apátridas,

pequeños y románticos,

tras de los sueños fúgidos

que moran en la noche de la nébula.


¡CUÁNTAS RENUNCIAS!


¡Cuántas renuncias, cuántas,

dormidas en el alma!

Cantares en las noches nevadas del invierno.

Canciones de la infancia,

sepultas en el tiempo,

perdidas y olvidadas.

Trajín de nochebuenas en los diciembres fríos,

revuelos de campanas,

y, entre el olor a inciensos y a ceras, el recuerdo

materno de una lágrima,

cuando aún no ensombrecían la mente de los hombres

la imagen fabricada

ni el aluvión artero

y hostil de la palabra,

viajera de las ondas

alígeras, hertzianas.

¡Cuántas renuncias, cuántas,



dormidas en el alma!

Silencios misteriosos de la naturaleza

radiante, agreste y brava,

con cálidos murmullos del Júcar en las horas

pesadas del estío, con rocas calcinadas,

en las que se advertían,

por las laderas blancas,

corrales y casonas,

caminos sinuosos y cuevas milenarias,

encinas polvorientas y cuervos graznadores,

cuando aún no mancillaban

la puridad del campo

ni tráficos ni máquinas.


¡Cuántas renuncias, cuántas,

dormidas en el alma!


Veranos calurosos

con voces de cigarras

en la hora de la siesta,

con juegos en el parque en la tarde declinada,

c
on días callejeros y noches vagabundas

de juveniles pandas,

cuando Albacete apenas si era una ciudad íntima,

tranquila y recatada.


¡Cuántas renuncias, cuántas,

dormidas en el alma!


TE RECUERDO CON AGRADO.


Te recuerdo con agrado.

Son recuerdos del ayer que no se olvidan,

que se meten en el alma,

que perduran y que anidan

para siempre,

como símbolos de fe, en la entraña misma.


Te recuerdo con agrado:


Yo era un niño todavía.

Y tú eras

la primera de las niñas,

la princesa

caprichosa y consentida,

la más alta recompensa

que solía

presidir nuestras ardientes

correrías

infantiles.


Son recuerdos del ayer que no se olvidan.


Y una tarde

calurosa y soporífera

del estío albaceteño

te besé, sin comprender por qué lo hacía,

de una forma

subrepticia,

brevemente,

sin malicia.

Y noté, sin que pudiera contenerlo,

que un calor se me subía a las mejillas...


La vergüenza

que sentía

no logró que se borrara de tu rostro

la sonrisa, esa sonrisa

pertinaz, irritadora,

zalamera e indefensiva...



Nos hallábamos a solas,

distanciados, sin querer, de la pandilla.

Se escuchaban los insectos

en la atmósfera tranquila

de la siesta.

Más allá rumoreaban las espigas

en un campo de infinitas lontananzas,

de infinitas lejanías,

hoy sepultas bajo el hierro y el cemento

de la urbe que ha crecido tan aprisa.


Te recuerdo con agrado,

dulcemente, amiga mía,

¿o es la trágica nostalgia

de las horas ya perdidas,

de la infancia que no vuelve,

de los días

que se han ido para siempre, sin remedio?

Son recuerdos del ayer que no se olvidan,

sentimientos que nos duelen,

que enriquecen nuestras vidas

desoladas

y vacías,

nuestras vidas sólo nuestras,

esencialmente distintas.


TU LLAMADA ANONIMA.


A una voz anónima de mujer que me

vino en alas del hilo telefónico una noche

de cuarto creciente de junio.



Me hallaba en la amable quietud del despacho,

yo solo,

sin tiempo, escribiendo,

lo mismo que siempre, en mis horas de ocio.


La luna, a través del cristal, dibujaba

su claro contorno,

su cuarto creciente, su risa de plata,

su seno redondo.




Sonaba,

de fondo,

Chopin en la noche.


De pronto

llegó tu llamada

llenando de luces mi sueño indoloro,

llegó tu mensaje

dulcísimo, tierno y anónimo...

Palabras, palabras, palabras,

tan sólo

palabras,

elogios

que hiciéronme amarte en tu voz cadenciosa

venida no sé de qué mundos ignotos.

No supe quién eras

ni quise saberlo tampoco,

ni quiero saberlo ya nunca.

Me queda el recuerdo bendito y hermoso

de tu íntima voz, calidísima, suave.

Me queda el romántico tono

de tu almo susurro,

lejano, insinuante y meloso.

Me queda el mejor sentimiento

de todos:

Saber que hay un alma gemela de mi alma,

que hay cónsonos

sentires que tañen idénticas liras,

que van sepultando en el lodo

de tantos caminos andados,

las bregas, los logros

de todos los días,

los sueños que fueron haciendo más corto,

más leve, el humano destierro.


Ignoro

tu nombre,

tus ojos,

tu cuerpo,

tu rostro.

Tan sólo -me basta con eso-

conozco



tu voz suave y dulce,

tu hermoso

mensaje de amor en la noche...

Me basta con eso tan sólo.


La luna afilaba

su cuarto creciente en un cielo remoto.

Me hallaba escribiendo en la amable

quietud del despacho, yo solo.

Sonaba un Chopin melancólico y triste

de fondo.


IR AMANDO.


Me asusta tanto, tanto, la idea

de irme y dejármelo todo a medio...


Me aterra el paso

fugaz del tiempo

que pone lindes a mis telúricas andaduras

a mis humanos y arduos esfuerzos

que pone trabas

a tantos sueños.

Me quedan tantas y tantas cosas

que aún no he hecho, que he de hacer luego…

Mientras un rayo de sol penetre

todos los días hasta mi lecho

y abra mis ojos, esperanzados,

al día nuevo,

mientras murmuren en mis oídos

el aleteo

de las alondras madrugadoras,

los bravos cierzos

de la llanura

y las nevadas de los inviernos,

mientras me queden

versos adentro

y prevalezcan sobre las muertes

de cada día los anchos sueños,

las ilusiones y las porfías

que van haciendo

fácil la brega, suave el camino,



leve el destierro,

mientras impulse

mi fe todo eso,

mientras alienten

sentires y ansias en mí, sabedlo,

tendré un motivo

para ir amando este cautiverio

que me aherroja.

Sólo por esto

me asusta tanto, tanto, la idea

de irme y dejármelo todo a medio.


LOS OJOS QUE ME MIRAN.


Los ojos que me miran,

dulcísimos y tiernos,

me halagan y me intrigan.



Son ojos reidores,

ojos de niña casi,

que ya saben de amores.


Presiento que los suaves

ojos que así me miran

ya me miraron antes.




¿Puedo encontrar el mismo

fulgor en su mirada

que el que creí perdido?


¿Pueden caber a un tiempo

las dos -la madre y la hija-

en un único sueño?


¿Puedo sentir la misma

mirada de la madre en

los ojos que me miran?


Bendita la mirada

que está haciéndome joven

el corazón y el alma.


Bendita esa sonrisa

y ese candor. ¡Benditos

los ojos que me miran!



































VERSOS VIAJEROS.




Las siguientes composiciones fueron escritas entre los días 1 y 10 de abril de 1983, con motivo de un viaje que realicé por tierras malagueñas y granadinas.








LA NUDISTA.






















Sólo te vi un instante,

mujer, o ninfa, o diosa.

Ya no podré olvidarte.


Te vi, sube que sube,

desnuda, caminante,

por las agrestes cumbres


que llevan a Trevélez.

Tus carnes contrastaban

con las laderas verdes.


Te vi sólo un momento:

cabellos destellantes,

blancos y erectos pechos.


Te vi. Me hirvió la sangre.

Te me metiste dentro.

Ya no podré olvidarte.


GRANADA.







LA ALPUJARRA.


El coche sube, sube,

por las laderas pinas,

conquistador de cumbres.


El cielo azul y limpio

y el fresco de los montes

alertan los sentidos.


Soñando -arriba, abajo-

llenos de luz, destellan

los pueblos, descolgados,


perdidos, como vómitos

de la montaña, blancos,

roqueros, silenciosos.


Y el corazón en calma.

Y el coche sube, sube.

Y el alma, solitaria.


GRANADA.






















SERRANIA DE RONDA.


No hay sol aún. Detrás

de mí se va quedando

la línea de la mar.


Delante, el rosicler

incierto y circunfuso

del lento amanecer.


Ya está vistiendo abril

de malvas y amarillos

la serranía gris.


Me va alegrando el sol

que asciende hacia las cumbres

conforme asciendo yo.


Sesgada, en la quietud

de la mañana, Ronda,

como un caudal de luz.


MARBELLA.






CANSANCIO.


Sobre un mar, aún sangriento

de sol, se mira el cuarto

menguante tempranero.


La tarde en calma seda

mi corazón cansado,

mi voluntad viajera.


Me pesan los sentidos.

El cuerpo va exigiendo

un alto en el camino.


Reverberando, al sesgo

del mar, Torremolinos.

Bullicio. Me detengo.


Colgándose del aire

dorado del crepúsculo

se ve el cuarto menguante.


TORREMOLINOS.



LA RONDALLA.


El son de una tonada

gentil me ha desvelado.

Las dos de la mañana.


Hasta mi lecho llegan

cien risas rebotadas

en la íntima calleja.


Postigos entreabiertos.

Batir de celosías.

Palabras. Cuchicheos...











Detrás de las ventanas

-hervor de camisones-

están las colegialas.













Y bajo los balcones

-hervor de terciopelos-

están los rondadores.


Torremolinos


DAMA DE LA TARDE.


La brisa de la tarde

me trae, con los aromas

del mar, tu aroma suave.


La brisa, juguetona,

remueve el oro fino

de tu melena blonda


y hace que se entrevelen

tus ojos luminosos,

intensamente verdes.













La brisa, veleidosa,

dibuja y contonea

tu cuerpo ágil de diosa.


Nereida de los mares:

¡Ay, quién pudiera ser

la brisa de la tarde!


NERJA

TRES BILBAINAS.


La tarde declinada,

desde las cumbres bajo,

camino de Granada.


Sobre un verde ribazo

recortan su silueta.

Son tres. Me dan el alto.


Sierra Nevada al fondo,

contra un cielo sangriento

y hermoso. Las recojo.


Son tres. Son bilbaínas.

El coche se me llena

de voces y de risas.


La tarde declinada.

Sierra Nevada al fondo,

camino de Granada.

GRANADA








DÉCIMAS VIAJERAS.




Estas décimas fueron escritas entre los días 2 y 20 de julio de 1983, durante un viaje realizado por la Andalucía occidental, con motivo de la obtención de unos reportajes fílmicos.





RIO GENIL.


Nacido altivo y montés,

señor de Sierra Nevada,

se hace piropo en Granada

cantar en Loja y, después,

en Córdoba, cordobés,

y en Écija, sevillano,

para entregarse en el llano

de Palma del Río al río

Guadalquivir.¡Oh, bravío

río Genil soberano!


MEDINA AZAHARA.


Córdoba a lo lejos, clara,

castigada por la impía

luz del sol de Andalucía

Y entre el rastrojo y la jara,

lo que fue Medina Azahara,

lo que queda de la gloria

de Al Andalus. Sólo historia,

sólo piedras maltratadas

por los siglos, arrasadas.

Sólo ruinas y memoria.



CÓRDOBA.


Duerme su sueño romano,

judío, cristiano y moro,

la insigne Córdoba de oro,

la de Séneca, el humano,

la de Góngora y Lucano,

la Córdoba que hace honor

de su pasado esplendor:

la de Osio y Abderramán,

Averroes, Ibn Hazam,

Maimónides y Almanzor.



ÉCIJA.


En las parvas amarillas,

desparramada en los llanos

infinitos sevillanos,

ciega de soles y arcillas,

alza sus cien giraldillas

la antigua Astigi romana,

la Écija musulmana,

la que guarda en la angostura

de las calles su estructura

setecentista y galana.



PARQUE DE MARIA LUISA.


Unos ojos soñadores

de mujer en la glorieta

sola, umbrosa y recoleta.

Sinfonía de rumores

en el parque. Surtidores.

Cien caballos. Cien profusas

galopadas circunfusas.

Bécquer duerme entre la yedra

su níveo sueño de piedra

rodeado por las musas.


LA TORRE DEL ORO.


La tarde se va a morir

con un desmayo indoloro

sobre la Torre del Oro.

Y el río Guadalquivir

no quiere ya proseguir

su camino hacia la mar

que se ha venido a prendar

de la torre, que sonríe

y en cien bronces se deslíe,

coqueta, al verlo pasar.






CARMONA.


Refulge el sol en los muros

y en las torres de Carmona

que trepa y que se amontona

por los escarpes oscuros

que la cercan. Intramuros,

se retuercen las callejas

blancas, típicas y viejas,

cargadas de evocadores

silencios, llenas de flores,

alardeadas de rejas.


MOGUER.


No imagino ver correr

por este soleado estero

la figura de Platero

ni es el campo de Moguer

el mismo campo de ayer,

pero aún late el corazón

juvenil de Juan Ramón

en la iglesia de la plaza,

en las calles y en la traza

sutil de cada rincón.



PUNTA DEL SEBO.


Allí donde el río Odiel

y el río Tinto se funden

en uno sólo, confunden,

en suavísimo oropel,

mar y cielo su papel.

Huelva, Palos, monumento

de Colón, blanco convento

de la Rábida, marismas,

que son las esencias mismas,

la raíz del Descubrimiento.





AYAMONTE.


En la radiante mañana

de julio, surge Ayamonte,

dormida en un horizonte

brumoso: Puerto, Aduana,

bullicio, río Guadiana,

Atlántico, sol y sal.

El pueblo, ciego de cal,

asentado en una loma,

sube a lo alto y se asoma,

diáfano, a Portugal.


DESDE LA CALETA.


Sobre el espejo del mar

se deshace en resplandores

un sol denso. Pescadores

del ocio hacen tremolar

sus mil cañas de pescar

a lo largo del rompiente.

Se escucha el mar. Se presiente

la excelsitud del misterio

que vive en el cautiverio

de su seno inmarcescente.



ARCOS DE LA FRONTERA.


Está declinando el día,

duro, denso de calor ,

activo y agotador.

El cuerpo, cansado, ansía

descanso. En la lejanía,

recortada en un barranco

se vislumbra Arcos, a un flanco

su roquero Parador

y al otro, deslumbrador,

el pueblo, empinado y blanco.




EL PASO DEL ESTRECHO.


A un lado, la milenaria

Tarifa, al otro, Algeciras,

y, al fondo, en un mar sin iras,

encalmado, Africa, varia,

misteriosa y legendaria,

difusa en la oscura bruma

de la mañana. Me abruma

ver a los barcos cruzar

el estrecho y dibujar

blancas estelas de espuma.


CANSANCIO.


La noche me ha sorprendido

por los campos de Jerez

de súbito. Son las diez

de la noche. Estoy rendido

por el largo recorrido

de la jornada. Me van

pesando deber y afán.

La ciudad no está lejana.

Buscaré en ella una humana

presencia, cobijo y pan.


SIERRA DE GRAZALEMA.


Repite su eterno tema

de inaccesibles barrancos,

de cumbres, de pueblos blancos,

la sierra de Grazalema,

brusco y roquero poema

que, desde los pedestales

de sus cimas celicales,

hacia la tierra se asoma:

Zahara y Benamahoma,

Ubrique y Algodonales...




















ATARDECER EN EL MAR.


La tarde se está acostando

sobre el espejo del mar.

La tarde se va a acabar,

se acaba, se está acabando.

Y yo, que la estoy mirando,

de regreso ya al hogar,

cansado de tanto errar,

quisiera irme abandonando,

como la tarde, soñando

con la tarde y con el mar.

























OCTAVILLAS VIAJERAS.





Compuse estas octavillas durante los días 1 a 6 de agosto de 1983, durante un viaje realizado por

tierras almerienses.












VÉLEZ BLANCO.


Pulcra y tersa, Vélez Blanco

reverbera en la calima

de agosto, sobre la cima

rocosa, ciega de luz,

como una flor solitaria,

cercada por los breñales

resecos de los eriales

y bajo el cielo andaluz.













SIERRA DE FILABRES.


Alza su mole desnuda,

desértica, obsesionante,

blanquecina, alucinante,

como un paisaje lunar,

la sierra de los Filabres,

dejando al alma que pasa,

nostálgica, sola y lasa,

más solitaria al pasar.













EN LA PLAYA.


Es mediodía. Roquetas.

Me tiene preso el sentido

su pecho joven y erguido,

blanquísimo, de coral,

que contrasta fuertemente

con su figura morena,

tendida sobre la arena

de la playa, angelical.












ADRA


Extiende Adra, entre la caña

de azúcar y la pitera,

su presencia marinera,

su raigambre secular,

perdida en la noche antigua

de la andadura fenicia,

mecida por la caricia

bracitendida del mar.













MOJÁCAR


Al sesgo de los aromas

montaraces, espontáneos,

y de los mediterráneos

arrullos, bajo el azul

desvanecido del cielo,

se yergue, blanca, Mojácar,

como una joya de nácar,

como un torrente de luz.














CANSANCIO.


Aguilas, en el camino

de regreso. Es mediodía.

La plaza, sola y umbría.

Las calles, llenas de sol.

El calor lastra mi cuerpo

y va llenando de calma,

sediciosamente, el alma,

y de abulia, el corazón.

















DESDE LA TERRAZA.




Escribí estos cuatro poemas desde la terraza de mi habitación, en la séptima planta de un hotel de Benidorm, durante una estancia en la ciudad cosmopolita y aprovechando mis horas de descanso en el sol fuerte de la siesta.


Agosto de 1983.


















EL CEMENTERIO.


Sesgado, en la pendiente,

gris y pequeño,

yergue sus viejos muros

el cementerio.


Ennegrecidas tumbas,

enmohecidos

y sucios panteones,

eucaliptos.


Contrastan con su porte

rancio y caduco,

coches multicolores,

cuerpos desnudos.


Lo asfixian, alevosos,

moles ingentes

de cien apartamentos

y cien hoteles.


Mancillan, sin respeto,

su paz nocturna,

ruidosas jacarandas,

ritmadas músicas.


Mirando el cementerio

se me ha ido el alma

desde el umbral en sombra

de la terraza.














¿QUIÉN DE LAS DOS?


Las dos tienen cautivo

mi corazón.

Las dos me vuelven loco.

Quiero a las dos.


La del segundo es rubia,

vivaz e inquieta;

morena la del cuarto,

delgada y seria.


A la hora de la siesta

posan, al sol,

tendidas en el suelo

de su balcón.


La rubia tiene pechos

voluminosos,

esféricos, flotantes,

suaves, lechosos.


Y la morena tiene

pechos menudos,

erectos, prietos, cónicos

y puntiagudos.


La rubia o la morena?

¿Quién de las dos?

Las dos llenan de gozo

mi corazón.














TORMENTA.


De pronto ha desplegado

sus alas negras

el cuerpo gigantesco

de la tormenta.


Relámpagos flamívomos

y anchos, dibujan

fantasmas esotéricos

en las alturas.


Armipotentes truenos

llenan de grave

y horrísonos retumbos

los gríseos aires.


Una cortina de agua,

que cae con ira,

va haciendo más confusa

la lejanía.

Sonoros goterones,

sucios regatos,

encauzan sus caudales

calles abajo.


Me ponen, sin remedio,

tormenta y tarde

pavor en la mirada,

hielo en la carne.















NOCTURNO.


Llegan hasta mi lecho

suaves y fúgidos,

los dedos inasibles

del plenilunio.


Traviesos y volubles

duendes de plata

pueblan de misteriosas

danzas la estancia.


Afuera se confunden

luces y estrellas,

en la radiante noche

benidormeña.


La amable madrugada

lastra de plomo

mi cuerpo y mis sentidos.

Cierro los ojos.


La noche, redentora,

me va poniendo

cegueras en el alma,

seda en el sueño.



ENERO-AGOSTO 1983.














































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